Cortafuegos contra las  noticias falsas

Elvira García de Torres

Profesora Agregada en el Departamento de Comunicación e Información Periodística en la Universidad CEU Cardenal Herrera, donde imparte materias de comunicación digital y especializada.

La desinformación es uno de los caballos de batalla de la sociedad del siglo XXI. Dos hitos  recientes han hecho tomar conciencia social del problema: la circulación de noticias falsas en la campaña presidencial de Estados Unidos, tras la que resultó elegido presidente Donald Trump, y la campaña del referendum que condujo al Brexit, que ahora la premier Theresa May propone repetir tras los intentos fallidos de materializarlo. No son hechos aislados;  la información falsa es concurrente en las campañas políticas actuales en cualquier lugar del mundo y a diario compartimos memes y vídeos no verificados en las redes sociales. Es cierto que no es un problema nuevo; basta recordar el gran impacto social que provocó,  tras las guerras mundiales, el conocimiento de las oleadas de información falsa que se había hecho llegar a las audiencias de forma interesada. Mucho más antiguo es el rumor, ese mensaje que se amplifica y modifica, se afina en los detalles como dirían los especialistas y crece con efecto de bola de nieve.  Lo que es novedoso es la descentralización del sistema (cualquier puede introducir contenidos en la red),  la enorme capacidad de producción de las granjas dedicadas a producir contenidos falsos como negocio o por intereses políticos o económicos, la  personalización – la mentira se dirige a un target específico, envuelta en un mensaje diseñado para ese perfil concreto sociológico- y la distribución sin barreras a través de canales sociales. Son la escala, la sofisticación y la amplificación lo que hacen de este fenómeno un grave problema social.  Cualquiera puede crear un fake con una imagen y un texto superpuesto y la fórmula del éxito es sencilla, como explicaba Mario Tascón en las VII Jornadas de Periodismo Digital, en su aguda «Guía para crear fake news». Sin duda, una de las razones por las que este tipo de contenidos alcanza altas cotas de visibilidad es la pérdida de poder de intermediación de los medios de comunicación. Decenas de páginas web de origen desconocido y perfiles sociales anónimos compiten por la audiencia con medios de comunicación de trayectoria consolidada y más de un siglo de experiencia en la producción de noticias. Alrededor de los medios se ha fraguado una red alternativa de noticias, al alcance de un click, que cuentan «la verdad oculta», revelan teorías conspiratorias o simplemente causan asombro al revelar, por ejemplo, que «inmigrantes ilegales construyen el muro de Donald Trump».  El efecto más peligroso de la posverdad no es que un ciudadano se niegue a aceptar la realidad, sino que comparta y amplifique las versiones falsas o los «hechos alternativos». La campaña de Donald Trump contra los medios de comunicación tradicionales como The New York Times, Washington Post o CNN no ayuda, en un contexto muy complejo que puede devenir caótico sin medios de referencia. Los medios tienen la responsabilidad de mantener sus estándares de calidad desde una perspectiva ética en la lucha contra las noticias falsas, pero es también una buena estrategia para los nuevos modelos de negocio, como planteó el experto Ismael Nafría en las Jornadas.  No hace falta explicar el importante papel de los medios en un entorno informativo en el que todo el mundo puede publicar sin contrastar.  Un  paso importante en los últimos tiempos ha sido el desarrollo de proyectos de verificación de información y debunking (desmontar bulos) por parte de los medios y organizaciones, como Maldito Bulo o First Draft. También los gobiernos y los organismos internacionales se han unido a la lucha contra la información falsa, en iniciativas conjuntas con medios y expertos.El siguiente paso es el desarrollo tecnológico, la puesta a punto de algoritmos detectores de todo tipo de contenidos, texto e imágenes. La amenaza, ahora, se concreta en los que se denomina «deep fake», es decir, suplantación de imagen con técnicas audiovisuales para crear, por ejemplo, un vídeo creíble del presidente Trump argumentando fogosamente en contra de la construcción del muro. Los deep fake ya están aquí. Las plataformas tecnológicas han tomado y refuerzan medidas, tanto Google -con Trust Project-, como Twitter, que trabaja para eliminar cuentas falsas, o Facebook, asediada por sus insuficientes políticas la respecto.La implicación de las plataformas debe ser total y los riesgos de intervención gubernamental supervisados. Todos estos pasos son necesarios y, aunque se empezó tarde.  la dirección es buena.  Hay por último un elemento capital que no se puede descuidar: la sociedad. Todos somos responsables hasta cierto punto de la distribución de información falsa. Cada vez que compartimos sin comprobar la veracidad del mensaje estamos contribuyendo a la desinformación. Es necesario, por tanto, formar a la ciudadanía, empezando por la escuela. Diseñar materias y programas de capacitación que incidan en la responsabilidad y las técnicas para diferenciar y detectar la información falsa. Además de contarnos lo que pasa en el marco de la ética profesional,  los periodistas pueden servir a la sociedad contribuyendo a formar a niños y adolescentes. No sólo pueden mejorar su capacidad de discernimiento  ante la información, sino dotarles de recursos para evitar errores  y problemas al difundir contenidos en redes sociales.

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